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martes, 12 de marzo de 2013

¡Uno Nuevo en la Familia!


¡Tengo que dar un grito a los cuatro vientos!
¡Que mi grito lo escuchen todos!
¡Que se oiga por doquier!
¡Tengo una muy querida sobrina preñada!

Este tiempo de desdichas y sobresaltos, de grandes angustias y desazones, de tristezas y penas, se eclipsa, con la llegada por el noroeste de un enorme “iceberg”, de dicha y alegría.

El alba de la nueva era trae un nuevo ser al mundo, con él tiene que venir la esperanza, el fruto de los deseos tan anhelados. ¡Tiene que ser una máquina!

No existe en el mundo nada tan bonito como un niño deseado.

Éste será muy especial, será deseado, no solo por dos personas, lo deseamos muchos, muchos, muchos.

Quisiera ser el primero en darle la bienvenida, con todo mi corazón.

Perdona, no quise decir eso, quiero algo más, te doy la bienvenida con todo mi cerebro.

Recibe mi primer beso antes de nacer, con la esperanza de que te quede este recuerdo el esa memoria extraña anterior al conocimiento.


domingo, 10 de marzo de 2013

Las Hojas Muertas de la Juventud


H
ace años vi caer a mis pies ese montón de hojas que se llama Juventud, tuve en ese momento miedo a pisarlas, quizá por no saber lo que había debajo, quizá por la incertidumbre que produce lo desconocido.

El caso es que en el tránsito de todas las etapas de la vida lo que más cuesta es aceptarlas.

Ahora abandono la madurez y entro en la última etapa, la que llamamos vejez.

Todos los subterfugios que podamos utilizar para rodear el tema (que no “el problema”) son vanos e inútiles. El tiempo es implacable, no perdona, es por eso que lo mejor es asumir nuestra situación.

Tratar de explicar los sentimientos personales no es un acto que se pueda relacionar con la impudicia, ya que desvelar el sentir no es desnudarse, es algo más, es mostrar el interior.

Para estas cosas habría que ser un buen prosista, envido a Max Aub, Arturo Barea, y a tantos otros.

Por mi falta de habilidad, tengo que pedir perdón. Sin embargo hago frente al peligro y trataré de explicar mi situación:

Es como si viviese en un bosque. El monte participa de las mismas etapas que las personas. La juventud de la primavera da lugar a un verano maduro y a un otoño, tránsito hacia un final, que es el invierno.

Tenemos ahora en el invierno, un paisaje cubierto de árboles secos, sin savia, suelo alfombrado de hojas muertas, lluvia, frio, soledad, falta de vida, en una palabra: melancolía.

Es la melancolía el plato fuerte de la vejez, la dulce, la agradable melancolía.

Por la noche cuando me acuesto es cuando siento que con la manta, también me acoge ese pensamiento invernal, placentero, que proporciona el descanso, que quisiera que fuera duradero, eterno…

Pero llega el alba, y con el despertador y la luz, también las obligaciones, los compromisos, la gente que quieres…

Familia, amigos, colegas, ¿Cómo es posible abandonar?

Supongo que con la pérdida de actividad se perderán también deseos, relaciones, compromisos, y con ello se podrá alcanzar el final.

Estoy convencido: no va a ser fácil, queda tanto por hacer…

¡Tiempos difíciles para los viejos!

jueves, 14 de febrero de 2013

Porque la vida es sueño, y los sueños, sueños son.


Muchas personas no entenderían este pequeño relato si no explico primero ciertas claves fundamentales:

Tengo un gran amigo, entrañable y admirado amigo, que es un gran aficionado y buen jugador de Ajedrez.


Permitidme decir, que es una persona que dedica gran parte de su tiempo libre a enseñar ese apasionante juego a más de cien niños, educándolos, formándolos como personas, cuidándolos en el ocio, siempre con un gran desgaste de tiempo, y demostrando una enorme vocación de formador, acompañada de un patente cariño por la juventud.

Es el “alma mater” de un club de ajedrez que participa en todas las competiciones posibles y disponiendo de varios equipos actúan en todas la categorías. Tiene niños que se codean con los mejores maestros del juego a nivel español. Es decir, no falta de nada.

Dicho todo esto, paso a referir el suceso que me ocupa, y que por su temática requería esta aclaración:

-¡Cielos, hoy hay un campeonato de Ajedrez!

-¡Voy a verlo! ¡Veremos quien juega!

Todo esto lo iba pensando, y a la vez entrando en el local. El silencio era sepulcral, la tensión se palpaba, el aire estaba cargado, debido al esfuerzo intelectual que ejercían los participantes, y que telepáticamente nos trasmitían a los mirones. Sin conocer la técnica, me di cuenta que poco a poco me sumergía en el ambiente, ¡lo estaba empezando a vivir!. Me di cuenta que me estaba empezando a gustar.

Inmediatamente siento por detrás un susurro, es la voz de mi amigo:

…¿Paco, te animas a jugar?...

-¡Pero, si yo no sé, solo se mover las fichas!

-Por algo se empieza, ya no partes de cero, yo te ayudo y te enseño.

Movido por el ambiente, no supe decir que no, la vergüenza me abrumaba.

-Paco, no te preocupes, vamos al piso de arriba donde estaremos cuatro personas, y no podrá entrar el público. Te enseñaremos a jugar al ajedrez moderno.

Animado de esta manera, confiado en la seriedad intachable que mi amigo derrocha, subo, no sin temor, y allí me presenta a dos personas del club. Me indican que vamos a jugar los cuatro, ya que en el juego moderno se requieren cuatro, en vez del antiguo, que es de dos jugadores.

También me doy cuenta que las fichas no son como las que usaban en el campeonato del piso inferior.


Veo que tienen una serie de puntos negros, casi como si fueran dados, pero mayores.

Mi amigo manda revolver las fichas, y me indica que una vez que se termine de mezclar, tome seis fichas para mí.

Sorprendentemente, el resto de los jugadores retiran otras tantas cada uno.

Yo cada vez más perplejo.

Cada participante va tomando una a una, ficha a ficha, va poniendo una ficha entre las palmas de sus manos y la frota enérgicamente.

El efecto de frotado, produce una especie de vapor que sale de las manos, y abriéndolas de golpe, surge de entre ellas una figura conocida.


-Oye, para mí, que estas fichas se están convirtiendo en  soldados de plomo.

Ante mi asombro, veo que frotación tras frotación, cada jugador va obteniendo, un caballo, una torre, un alfil…

Yo, por más que froto, lo único que obtengo son heridas en las manos, pero por lo que sea, no soy capaz de convertir ninguna en algo medianamente parecido a las figuras de los demás.

Pido explicaciones, y se me anuncia con mucha cortesía, que es culpa de la crisis, que ahora solo disponemos de fichas deshidratadas.

Y yo, que no soy capaz de hidratar nada, no puedo más, tengo las manos deshechas, la vergüenza ya es mi madre, no sé dónde meterme, sudo, tengo sed, todos miran para mí, piensan que soy idiota.

Una luz me da en los ojos, amanece detrás de la persiana de mi habitación, me muevo hacia un lado, estoy sudando, jadeo. Extiendo la mano y alcanzo en mi mesilla de noche un vaso con agua, bebo.

Ahora empiezo a recordar. Ayer me acosté con un fuerte gripazo, debí tener fiebre, no obstante…

Me levanto corriendo, cojo el teléfono, llamo a mi amigo. Ringgggggggggg, que no lo coge, ya marchó de casa.

Es lo mismo, le llamo a móvil:

-Roberto, contéstame, es un asunto de vida o muerte: ¿juegas al ajedrez o al dominó?

-¿Qué dices, estás loco?

-Por favor, no digas nada, es vital, solo contesta.

-¡Al ajedrez! Está claro.

-¡Gracias, amigo, un abrazo, me devuelves la vida y la fe en mí mismo! Seguiremos siendo amigos por siempre.

jueves, 31 de enero de 2013

¡Vaya día!...De todo


H

oy pudo ser un gran día… ¡Y lo fue!

¿Cómo se cuentan ahora los días felices? ¿Hay un ábaco para eso?

Si lo hay, avisadme donde se compra, que compro dos.

Después de un trabajo rutinario administrativo, que me tocaba hoy, como todos los fines de mes, tomé el tren a Pontevedra. Todo sería rutinario, si es que no esperase más del día.

Pero la cosa no era así, yo ya sabía que me iba a reunir con unos amigos, dos incondicionales: Manolo y Yolanda.

Gran alegría la que produce una reunión informal con gente afín. Un vino en Pontevedra, una conversación inteligente, un beso, un abrazo, una afirmación en el espíritu, que nos permite continuar en la tarea.

A la hora convenida, aparece la cuarta persona del lote, Doña “G”, como siempre encantadora, risueña, fresca, alegrando la vida a los demás.

Casi no decimos nada, realmente no existe la necesidad de articular, solo nos abrazamos, en un abrazo que se puede considerar un jubileo solidario.

Mi idea era proponerle una situación que otrora parecería subversiva, hoy necesaria.

La comida resultó mundana, divertida, encantadora. Solamente con su risa, el local se iluminó, y no lo digo como frase hecha, los camareros reían, nosotros gozábamos, y la tarde se echaba encima, había que volver al trabajo.

“G” volvió al trabajo y el cielo se volvió a nublar, volvió a llover, volvió el invierno gris, pero nos quedó en el aire el tintineo de su sonrisa, la hermosa sintonía de nuestros corazones.

La distancia no es óbice, queda la fraternidad, quedan las ideas comunes que pronto se verán maduras como la fruta del árbol en el verano.

Con estos pensamientos agradables me dirigí a la estación de tren para volver a Vilagarcía. Compré un billete, que por cierto pude darme cuenta que subió una barbaridad, esperé un ratito y subí al vagón que se me asignó en el billete.

¡Centellas!, detrás de mí una pandilla de chicos y chicas jóvenes: bla, bla, bla, bla, bla…

¡Mi cabeza!

¡No lo soporto!

Entonces, me acordé:

Me acordé de la primera escena de Don Juan Tenorio de José Zorrilla:

Cuán gritan esos malditos,
Pero, mal rallo me parta,
Si en terminando esta carta
No pagan caro sus gritos.

Inmediatamente, me levanto, reclamo al jefe de tren y digo:

¡Pronto, una espada!

El pobre revisor no tenía si una simple navaja.

Desgraciadamente no tuve más remedio que aguantar hasta llegar a Vilagarcía.

Bla, bla, bla, bla…………………

lunes, 28 de enero de 2013

El paseo de invierno


H

oy la lluvia nos dio una tregua, no así el invierno.

Cielo gris, plomo viejo, pese a su amenaza fui a dar un paseo por el monte con mis dos amigas: “Lila” y “Lola”.
A primera hora de la tarde salimos, nos acercamos en el coche hasta “Fontefría”, saltamos a tierra con las ansias del que lleva siglos encerrado en casa. Tenemos ganas de respirar, el invierno, que es eterno, no dio cuartel, borrasca tras borrasca, agua encima de agua, no permitió en ningún momento salir a tomar aire.

Paisaje invernal, crujen los eucaliptos por el viento helado, los pinos parecen que quieren reverdecer, los castaños absolutamente desprovistos de hojas y frutos parecen que tienen pena por no poder producir sombra.

El sendero cuajado de agua, agua por los prados, agua que baja por las laderas, agua que enfanga las congostras.

Frio, frio que me traspasa el polar, frio que me traspasa el gorro, frio que me da en la cara, en los ojos… y una lágrima de frio me baja por la mejilla.

En el MP3 cantan Almas Humildes:

Tejiendo melancolía
Y sola en la habitación
La tarde toda es tristeza
Y de tristeza murió…

Se pone el sol.

“Lola” y “Lila”, ¡vámonos!

jueves, 24 de enero de 2013

Dignidad


H


oy, como ya viene siendo habitual, fui a Santiago de Compostela, a la sede de la Xunta de Galicia, a manifestarme en contra de la política económica del gobierno (o habría que decir del “desgobierno”), en concreto protestamos por el terrible futuro de mi antigua empresa donde se proyecta despedir a 2.500 personas (el 50% de la plantilla).

Uno, con estas angustias, va muy sensible por la calle. Vas pensando en lo que se le avecina a muchos excompañeros, muchas familias, en general, un montón de dramas.

Estamos inmersos en un momento donde el empresario no mira para los lados ni para atrás. Poco le importa los muertos que va dejando en las cunetas, es el momento de enriquecerse rápidamente y seguidamente ceder el puesto a otro que se quiera enriquecer a continuación, con el consabido empeoramiento de las condiciones laborales y sociales de los trabajadores, esos que en definitiva son los que hacer que esta riqueza se haga realidad.

Vemos que cada vez nos igualamos al llamado “tercer mundo”, pronto estaremos peleándonos por una escudilla de lentejas, por la supervivencia.

Solo nos queda como bandera la “dignidad”. Muchos la defendemos a capa y espada, a nivel institucional también se la defiende, aunque solo sea una postura teatral la que toman nuestros dirigentes.

Y me gustaría explicar el sentido de la teatralidad.

Si bien esta sociedad se escandaliza con cosas como la utilización de “burka” u otras costumbres de culturas lejanas, que a nuestros ojos atentan contra la dignidad de las personas, no somos capaces de criticar nuestros propios atentados, y asumimos fácilmente lo que nuestras costumbres nos muestra, sin parar a pensar y razonar con espíritu crítico lo que ocurre delante de nuestras propias narices.

Pues bien, tal como iba contando, yendo por Santiago de Compostela, caminando desde la estación del tren hasta San Caetano, tuve que cruzar el casco antiguo, que siempre es un placer.

Subiendo por el Preguntoiro, pude contar hasta diez personas, por lo menos, que estaban reclamando la buena voluntad de los transeúntes, para que les echaran unas monedas.

Tal y como están los tiempos no me parece nada raro, muchachos con flauta y perro, peregrinos venidos a menos, y algún que otro caso.

Pero lo que realmente me indigna son tres casos que hoy en día ya son frecuentes en casi todas las ciudades:
Tres individuos en actitud humillante, de rodillas en la calle, mirando al suelo, cabizbajos, ocultando su vista a los transeúntes, demostrando una falta de dignidad y una bajeza de espíritu que descompone el corazón del que pasa.

Pues bien, yo entiendo que la actual situación social desgraciada, nos pueda llevar a la exclusión social, pero ¿si perdemos nuestra dignidad, que nos queda?

Reclamo pues, no una represión, reclamo una recuperación de las dignidades perdidas. Debe esta sociedad, posiblemente a través de los servicios sociales, tratar de hacer que esta gente recupere la dignidad perdida. Ya que no podemos paliar la miseria económica, tratemos de eliminar la miseria de espíritu.

¡No nos dejemos vencer!
¡Adelante, no dejemos en ningún momento de ser personas!

jueves, 10 de enero de 2013

Nuestro tiempo


M

alos momentos son los que estamos viviendo, la tristeza, la impotencia y la soledad, perece que son los ejes que mueven nuestro mundo.

Cuando ya he sobrepasado con creces el medio siglo de vida, echo la vista atrás y no encuentro otro referente social parecido.

Es posible que esta reflexión sea parcialista, pero es que cada persona vive su propia experiencia, y la mía es esta.

He vivido momentos duros. Con la dictadura, he pasado miedo, rabia y dolor, pero siempre existía la camaradería, el apoyo de los demás, y el deseo de llegar a conseguir una democracia. He pasado penurias económicas, me costó encontrar un trabajo, tuve que emigrar de mi lugar de origen e iniciar una nueva vida varias veces. Por fin llegó la esperada democracia, creíamos que nos iba a traer poco menos que el paraíso, luego vino la desilusión y la toma de contacto con la realidad.

Hoy esa democracia está conseguida, pero hemos perdido la ilusión, la política nos da fatiga mental, nos falta horizonte, y es que nuestra estructura política se ha encallecido. Se acabaron los objetivos tendentes a mejorar nuestra sociedad, hoy nuestros políticos nos muestran un panorama tendente a retroceder, y cualquier retroceso siempre es malo.

La situación de retroceso está minando las voluntades populares, la calle no ve más que peligros y problemas: paro, cierres de negocios, recortes sanitarios, asistenciales, en las pensiones, y un largo etcétera.

Aunque se prodigan las manifestaciones de repulsa a esta situación, aunque constatamos que son masivas, falta en este momento solidaridad a título individual.

Se puede observar cómo la gente se encuentra en soledad, y hablo de esa soledad íntima que proviene de roer los temores y sufrir las penurias.

Se puede observar como cada vez nos individualizamos más, a consecuencia de nuestra propia impotencia.

No voy a hablar de culpables, hay mucha literatura sobre ello, y además con mucha más autoridad.

Si, quisiera detenerme un momento y expresar mi sentimiento de carencia. La sociedad de a pie debe de buscar una ilusión, creo que solamente con defendernos no es suficiente. Hay que conseguir una sonrisa ciudadana basada en la esperanza.

Tendremos que ser solidarios por dentro y por fuera, manifestar nuestra generosidad y fomentar el apoyo mutuo. Solamente con buenas actitudes podrá salir esta sociedad del agujero en que está metida.