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miércoles, 31 de julio de 2013

Carta de amor desde el planeta Melancolía.

V
erano, muchas visitas, muchas comidas con amigos, con familiares queridos que vienen como las golondrinas, con el buen tiempo.

La mente y el espíritu se relajan, pero el aparato digestivo se contrae.

Entre visita y visita, hoy tocaba terreno de nadie. Se puede decir que hay una tregua entre tanto revuelo.

Me levanto con pesadez de piernas, intestino y mente. Mi cura particular consiste en dar un paseo en bicicleta por la mañana temprano, ayudándome de la niebla del mar, que hoy nos cubrió hasta primeras horas de la tarde. Un delicioso paseo hasta la playa de La Lanzada.

Cuando llego a casa, me preparo una ensalada (tratando de desintoxicar mi aparato digestivo), una ducha, el relax del agotamiento, un ratito de televisión…

Enciendo la tele, y empieza, justo en el momento de sentarme a comer, una preciosa película, que no por muy vista deja de ser encantadora: “La Señora Miniver”.

Noto el cansancio, La calma del verano, la tarde soleada, la luz, el oscurecer de las persianas de la casa… En una palabra, vuelve mi enfermedad: “La Melancolía”.

Empiezo a recordar, el deseo me lleva al ordenador, apago la televisión, enciendo el equipo de música: “Enrique Granados” (la quintaesencia de las tardes de verano).

Y las vueltas y revueltas que da el pensamiento. Parece como si quisiera contar algo del estío, pero no, la cabeza se dirige a otro recuerdo, un recuerdo de invierno, entrañable, con el calor del verano, pero invernalmente amoroso.

Era el mes de enero del año 1972, lluvia y frio en Santiago, tú, querida compañera, estabas embarazada, los dos nos queríamos, acabábamos de cruzar la veintena, nuestra falta de experiencia, éramos solos para decidir, ¿Qué hacer? ¿Cómo afrontarlo?

Ciertamente no era fácil. Igual que hoy, la vida no daba demasiadas oportunidades. No era sencillo hablar, teníamos dudas.

Aquella noche tuviste muchos vómitos, el malestar de los primeros tiempos del embarazo.
Vivíamos en la calle del Preguntoiro, era tarde, salimos a la calle:

-Esther: ¿damos una vuelta para ver si te compones un poco?

Salimos paraguas en mano, noche de frio y lluvia. Tú llevabas un poncho de lana marrón con flecos. El corazón palpitaba. La Rúa do Vilar era un espejo de lluvia, entramos, éramos solos en la ciudad, nuestra rebeldía era decidida y solitaria, sin apoyos (o muy pocos).

Pensando y hablándolo… entramos en la Rúa, de pronto dos imbéciles en velomotor pasan a nuestro lado. Yo siento que algo se escapa de mi mano, me doy cuenta enseguida que el descerebrado que iba de paquete en la moto te había cogido del poncho y te llevaba arrastras.

Mi reacción fue tirar del poncho en sentido contrario, lo conseguí, pero te caíste al suelo, yo empecé a correr, mi deseo era cogerlo y pisarle la cabeza. Yo corrí, y corrí, incluso recuerdo que rocé su espalda con mi dedo corazón de mi mano izquierda. ¡No pude! ¡Ellos se reían!

Me sentí frustrado, volví contigo, por suerte no había pasado nada.


Querida compañera: ¡Nunca te quise tanto como aquel día!

jueves, 20 de junio de 2013

Valentía

E
l pasado viernes 14 de junio, recibí una buena noticia, y abrumadoramente desconcertante.
Me llamó mi hija, y por teléfono me recrimina que es la hora de comer y no estoy en casa.

Yo le respondo, que efectivamente, es la hora de comer, pero no había quedado con nadie en casa, y además tuve la precaución la víspera de advertir mi ausencia.

Tras unos momentos de incertidumbre y nerviosismo, me doy cuenta que la llamada se debe a algo importante, y que mi ausencia y también la de Esther, no es el fondo del problema.

Noto una excitación, una risa nerviosa y descontrolada, y en el fondo, se percibe un malestar, una incomodidad, producida por la falta de presencia física.

-Ji-ji, jo-jo.

-¿Qué pasa? ¿Qué te ocurre?

Poco a poco, despacito, la conversación va desvelando su objeto.

-¡Qué vas a ser abuelo!

-¡Qué me dices!

Etc. etc.

Los detalles se van desvelando levantando un velo tras otro. El tul de la incertidumbre se hace cada vez más trasparente, nos vamos haciendo más y más cercanos, y empiezo a entender…

-¡Pero si tú no tienes pareja!

-¡Claro, pero eso no es obstáculo!

-¡Ya lo sé, pero dime como es la cosa!

-¡Pues que decidí hacerme la inseminación artificial!

Una luz se enciende en mi cabeza:

Mi mente mediatizada por mi edad, no me ofrecía esa posibilidad.

Pensándolo bien, y dándole unas horas de reflexión empiezo a analizar el hecho:

·         Ser abuelo, ¡Qué felicidad!

·         ¿Cuántos años hace que no recibo una noticia grata?

·         En este entorno social tan duro, ¿es posible que este faro tan luminoso venga a alumbrar el nuevo camino?

·         Mi hija, ya no es una niña, ya es una gran mujer:
o   ¡Ella sola, toma la decisión!
o   ¡Ella sola, busca y rebusca entre médicos y clínicas!
o   ¡Ella sola, va de prueba en análisis!
o   ¡Ella sola, va de sala de espera a consultorio!
o   ¡Ella sola, recibe la gran noticia!

¡Mi muy querida niña!:
¡Muchas felicidades!

Y te doy las felicidades por diferentes motivos:

·         Me demostraste una valentía inusitada.

·         Me concediste una alegría, que para mí va a ser eterna.

·         Demostraste a la sociedad, que las mujeres podéis decidir por vosotras mismas, y que tú lo sabes hacer.

·         Y para mí, lo más importante: Que traté de educarte en la libertad, ¡Y lo conseguí!



Enhorabuena para ti y para mí.




Gracias, de todo corazón.

jueves, 23 de mayo de 2013

Primeros pasos escolares.


T


enía cinco años. ¡Qué recuerdos!

Hay muchas personas que no recuerdan, hay quien tiene pocas evocaciones  conscientes sobre la infancia. Debe ser necesario para muchos olvidar, ya no las situaciones de la niñez, si no los sentimientos que rodearon estos hechos, y que indiscutiblemente fueron trascendentes, fundamentales, para la creación del “yo”. Ese no es mi caso.

Pero no me voy a poner filosófico. Lo único que deseo, es desvelar estas imágenes que vuelven a mi mente, a lo mejor desatadas por situación parecida, o a lo mejor por recordar un tiempo, que como “tiempo pasado”, nos engaña, y se nos muestra mejor que el actual.

¡Paco, al grano, y no te enrolles!

El primer colegio al que fui, se llamaba “Colegio Cristo Rey”, y era de monjas.

Entré en esta institución con cinco años, y mis padres lo eligieron, fundamentalmente por encontrarse a menos de cinco minutos de casa, aún a sabiendas que solo podía quedarme en sus aulas dos años, ya que en aquel momento era “colegio femenino”, y solo admitían a chicos en lo que se denominaba “Parvulitos”.

Sobre este tiempo, mis recuerdos son vagos, pero felices. Recuerdo a la monja que me daba clase y que se llamaba Lourdes, era muy pequeña y muy viejecita, con un montón de arrugas. Aunque no recuerdo con ella situaciones concretas, si tengo una sensación agradable, de bondad, de cariño.

Me acuerdo de la campana que pendía en el recibidor de la entrada principal del convento; también del cuadro colgado cerca del badajo, donde ponían los nombres de cada comunera, junto con el toque específico para su llamada.

También recuerdo el encerado de los suelos, de los pasamanos, la luminosidad de los dorados, es decir, la pulcritud excesiva de todo.

Lo más interesante era el recreo. Casi siempre nos tocaba estar en el jardín, solos, pero de vez en cuando, no sé por qué razón, aparecían las niñas. Momento culmen, aprovechando las pocas distracciones de las monjas que nos vigilaban, nos metíamos detrás de los setos, y aprovechando que las niñas jugaban al “brilé” o a la “cuerda”, les robábamos los sombreros que yacían amontonados en algún banco, y nos convertíamos gracias a esa indumentaria, en vaqueros.

Se producía la gran cabalgada, nuestros caballos imaginarios corrían entre los setos y los parterres, lástima que las niñas y las monjas eran mucho más rápidas, con ellas se terminaba la ilusión y la felicidad momentánea, ya que una vez alcanzados, se nos castigaba restituyéndonos a las aulas.

Estos dos primeros cursos, con sus risas, con los primeros aprendizajes, los primeros amigos, se pasaron rápidamente, y la verdad, con muy poca trascendencia.

Al cumplir los siete años tuve que pasar a colegio más serio, en este caso, y como era preceptivo en ese momento, se trataba de un colegio de niños exclusivamente. Era un colegio seglar, aunque con cura integrado, había recogido una gran cantidad de profesores represaliados, mantenía un compromiso con la enseñanza, aunque con métodos adictos al Régimen (la letra con sangre entra).


El cambio para mí fue espectacular, es la primera situación en que un niño se encuentra solo, sin saber qué hacer, rodeado de personas que poco o nada te ayudan. Es cuando por primera vez te sumerges en la masa y te dejas llevar por la ola, sin saber adónde ni cuánto tiempo.

Mi primera gran sorpresa fue enfrentarme con los urinarios de hombres, es decir, los verticales; no nos podemos olvidar, que en ese tiempo, los niños bien educados, cuando iban con sus padres, si tenían que ir al servicio, iban siempre al de señoras.

Pues dicho esto, el impacto fue superior; menos mal que siempre encuentras a alguien más espabilado, y con mucha sabiduría, la suficiente como para sacarte del apuro.

No tardé demasiado en aprender, y a fe mía, que aprendí bien, tanto, que cuando llegué a casa, y vi la cálida mirada de mi madre, exclamé:

¡Mamá, ya se mear sin manos!

sábado, 11 de mayo de 2013

Carta a mi querida amiga.


M


i muy querida amiga:

He recibido noticia, de que debido a circunstancias personales, estás pasando un tiempo de angustias y dudas.

También he de decirte, que han llegado a mis oídos los motivos de tu inquietud.

Es muy posible que para ti sea un momento grave, de toma de decisiones, de plantearte, si la mentira piadosa soluciona algo.

Pues, mi muy querida niña, te voy a decir:

·         Las mentiras, son mentiras y nunca arreglan, porque no te van a arreglar a ti, pues quedarás igual, con la angustia de lo no dicho, y con el miedo de que se descubra.

·         Tú, eres mujer de actuar, sé que tu voluntad se rige por tu mente, piensa que tu cerebro te pedirá cuentas el día menos pensado.

·         Eres una persona comprometida con tus ideas, y siempre te costó muy poco llevarlas adelante.

·         No dudes, comprométete aún más, toma tu camino, piensa que el tiempo te lo agradecerá.

·         El día que llegues a mis años, te acordarás de todos los esfuerzos de la juventud, y sobre todo, de aquellos que te llevaron a ser tú misma, los que fueron más intolerantes con la moral al uso.

·         Nunca te engañes, sigue los dictados de tu conciencia, y piensa que la vida es solo tuya.

Quiero, de mi parte darte un beso de ánimo, de ayuda, y trasmitir mis mejores deseos. Necesito decirte que yo siempre estaré a tu lado, contigo, y con tus decisiones.

Recibe pues con mis mejores deseos el regalo de este hermoso video con una hermosa canción escrita y musicada por Federico García Lorca, y con ella ese beso de ánimo.


martes, 7 de mayo de 2013

Mi amiga la Radio


N

ací el año 1951, en A Coruña, es necesario advertir a los más jóvenes, que en aquel momento, en Galicia, no se conocía la Televisión, y es que no existía ni siquiera señal radioeléctrica.

En ese lugar de la historia lo único que teníamos era la radio
.
No se vayan ustedes a creer que la cosa estaba ni mejor, ni peor que ahora.

Había programas divertidos, e incluso interesantes:

·         Pepe Iglesias “El Zorro”.
·         Matilde Perico y Periquín.
·         El Criminal nunca gana.
·         Aquellos tiempos del cuplé.
·         Y francamente muchos más.

De igual manera hoy podemos encontrar en lo que los grandes entendidos y consumidores de TV llaman “la parrilla”, muchos programas televisivos de gran interés.

Salvando las distancias de la censura, que entonces era brutal, y que hoy también es brutal, solo que con diferentes intereses y métodos. En aquel entonces también vivíamos como hoy, rodeados de “carnaza” consumible:

Estaban las Radionovelas, que eran muchas y eternas, algunas de 800 o 900 capítulos, baste citar:

·         Tres hombres buenos.
·         Ama Rosa.
·         Lucecita.
·         Simplemente María
·         Y muchísimas más.

Todas estas novelas estaban orientadas a hacer llorar desesperadamente al sexo femenino. De hecho su hora de emisión, era después de comer, justo cuando las mujeres se enfaenaban en la cocina (no nos olvidemos que la mujer que trabajaba fuera de casa era conocida como “rara avis”).

La costumbre socialmente extendida era esperar por el marido para comer, luego se retira la mesa, y mientras el hombre de la casa bajaba al bar a jugar la partida, y tomar el café, ella, se dedicaba intensamente a la cocina y a llorar las desdichas de la protagonista del melodrama.

Pero no todas las horas de emisión eran de esa manera, teníamos emisiones nocturnas, aunque no demasiado, ya que sobre medianoche acababa la programación y la radio quedaba en silencio, pero entre media tarde y noche nos lanzaban alternativas no tan lacrimógenas:

·         Salto a la fama.
·         Pepe Iglesias “El Zorro”.
·         Ustedes son formidables.
·         Cabalgata fin de semana.
·         Operación Plus Ultra.
·         La Ballena Alegre.
·         Hermana Radio.
·         Y como siempre muchos otros, que me quedan olvidados en el fondo de la mente, y que el día menos pensado volverán.

Sin embargo, querido lector, esto no despinta mucho de lo que se hace hoy en día, ya que si bien nos encontramos con productos de primerísima calidad, también hay que decir, que la mayor parte del tiempo de TV, se encuentra ocupado por producciones absolutamente inferiores a las peores radionovelas de la época.

Está claro, que no conocíamos ni de rebote lo que era un televisor. Yo por mi parte, el primero que vi, fue en un viaje en que me llevaron a Madrid a ver a mis abuelos.

Sería posiblemente el año 1956, fuimos en tren (de esos que echaban carbonilla por la chimenea, y si asomabas la cabeza por la ventanilla, quedabas negro), el viaje era terriblemente pesado, duraba unas 18 horas.

Para mí ver Madrid fue un espectáculo, conocer el metro, los semáforos, el tráfico por las calles, las gambas a la plancha, las cañas de cerveza.

Y para colmo mis abuelos me llevaron a ver la televisión.

En ese momento solo los muy ricos se permitían tener un televisor en casa. El resto de los penitentes, se contentaban con ir a verla, muy de vez en cuando a una “Cafetería” (locales completamente nuevos, que enseguida se pondrían de moda).



Y mucha atención: solo las cafeterías de muy alto copete tenían lo que se llamaba “Salón de Televisión”. Estas salas, solían localizarse en una planta superior, y bien aisladas del bullicio de la Cafetería. En ellas no se podía hablar, el silencio era sepulcral, y las consumiciones carísimas. Solo contaban con estas instalaciones las grandes cafeterías de Gran Vía, Callao, Fuencarral, es decir, lo más “chic” del momento.

Es por todo ello que lo que imperaba en los hogares era “la radio de cretona”.

Para el que no lo sepa, los receptores de radio solían cubrirse con unas cortinas de cretona “monísimas” (nunca supe cuál era el motivo).

Era desde luego uno de los aparatos más importantes de la casa, y posiblemente el único, ya que en aquel entonces la cosa no estaba para dispendios, las neveras eran de barras de hielo (no tenían motor), no había ni batidoras, ni estufas eléctricas, ni microondas, si aspirador, ventilador, aire acondicionado, etc., es decir, muy poca corriente electica se gastaba entonces.

Y volviendo a las emisiones, creo que en muchos casos se burlaba a la censura, las producciones tenían que pasar por censura previa, incluso los anuncios comerciales, que por cierto la mayor parte de ellos eran leídos en directo por el locutor o locutora de turno.

Esto me recuerda una anécdota de un día 28 de diciembre, en el que para gastarle una broma a una locutora de una emisora local de Coruña, le cambiaron el texto de un anuncio y sin darse mucha cuenta de lo que decía anunció por el micrófono:

“Pelotas, pelotas, miles de pelotas”.
“¡Para pelotas Tobaris!”

Que por cierto “Tobaris” era un bazar muy popular, fundado en Vigo en los años 20 por un hombre emprendedor de ideas de izquierdas, que lo creó con el deseo de ofrecer algo asequible a los bolsillos de los trabajadores, no en vano, el nombre que le puso “Tobaris” es la castellanización de la palabra rusa Tobarich: “Camarada” .

 Estos bazares tuvieron un gran éxito entre las clases menos afortunadas, y se extendieron con sucursales por toda Galicia, hasta la entrada de las multinacionales y los bazares chinos.

Pero volviendo al tema, también hay que aclarar, que las noticias eran exclusivas de RNE, y que todas las emisoras tenían la obligación de conectar con el llamado “Parte”, todavía quedaba la denominación bélica de cuando era el “parte de guerra”. De hecho su comienzo era con el toque de corneta interpretando el toque de “generala” y el “himno nacional”.

¡Cualquiera se atrevía en casa a abrir la boca mientras estaba la radio con el parte!, tanto el de las dos y media, como el de las diez de la noche, eran cosa sagrada e inviolable.

Luego había programas divertidos, como el del Zorro, que te morías de risa con sus imitaciones y silbidos, los había solidarios, como Ustedes Son Formidables, u Operación Plus Ultra. Es curioso que con la penuria económica que se padecía, la gente se hacía solidaria con las desgracias ajenas (que eran muchas).

Solo recordar: las inundaciones de Valencia, el desbordamiento del rio Ter o el terremoto de Agadir.

En lo que respecta a Operación Plus Ultra, se premiaba a aquellos niños que por su conducta de heroísmo o de sacrificio consideraban los organizadores merecedores del premio. Había chicos de un sinfín de nacionalidades.

Uno de los programas más divertidos era “Salto a la Fama”. Fue el predecesor a “Operación Triunfo”, pero a lo bestia, es decir, empezaban con fases locales y terminaban en Madrid.
Recuerdo que había causado sensación uno que se autodenominaba “El Albañil de Cambre”.
Pero lo que más impactaba era poner la “Onda Corta”, con ella podías escuchar otros países, emisoras americanas, europeas, la BBC en español, Radio París, “Radio España Independiente”…

Entre el miedo que tenías por si algún vecino te pudiese escuchar, entre los pitos que colocaba en esa misma onda RNE intentando que la gente no la oyese, casi estoy por decir que perdías la mitad de las emisiones, por lo menos.

De todas maneras nos quedaba la imaginación  para completar lo que no se percibía.
A mediados de los años 1960, la televisión fue entrando poco a poco en los hogares españoles, y la radio se fue haciendo más pequeñita.

Se fue muriendo la cretona y las radios con cajas de madera, se fue ganando espacio y versatilidad.
El transistor (que muchos llamaban “Transitor” o “Transístor”), hizo que los domingos por la tarde se llenasen los paseos de partidos de futbol.

Los más educados iban con su señora y con el auricular puesto, el resto, con el aparato a todo meter, pegado a la oreja, y la señora agarrada al otro brazo.

Pero esto duró poco, la cultura televisiva absorbió todo el espacio posible y la radio se fue apagando poco a poco.

Empezaron a caer las radionovelas, las señoras ya no podían llorar a sus anchas por la tarde mientras fregaban. Y es que las mujeres jóvenes estudiaban, salía al mercado de trabajo y empezaban a tutearse con los hombre, incluso las más modernas hasta iban solas a la cafetería.

Se decía entonces con gran retintín, que las mujeres modernas:

“Fuman, beben, y tratan de tú a los hombres”

En fin que nos fuimos haciendo más europeos, y más libres, aunque en cuanto a los medios de comunicación no sé yo si corrieron la misma suerte.

¡El tiempo lo dirá!

viernes, 12 de abril de 2013

Rogelio


H

ay años en los que uno piensa que las estaciones no pasan, que la lluvia va a perdurar, que el invierno será eterno.

Si cuento lo que me está afectando mi entorno social, y no solo la meteorología podría decir:

El invierno es gélido, la escarcha de mi pelo baja a mi frente, a mi espíritu, el dolor de mis conciudadanos, coloca carámbanos helados que se constituyen en barrotes carcelarios en mi mente, impidiendo el descanso, el sueño plácido, la restauración del intelecto.

Hoy no fue un día grato, hoy fue un día de lucha, de pelea por un amigo. Todavía me cuesta escribir.

Pero…

Después de hacer todo lo que buenamente pude, me vine a casa, comí un trozo de queso y con mis amigas “Lola y Lila” me tiré al monte.

La humedad en los huesos, en las articulaciones, en el corazón, en la cabeza, en una palabra: “humedad en el alma”.

-Caminamos los tres.
-Caminamos…
-Caminamos…

El llanto del alma se diluye con el sudor del cuerpo.

Mis amigas con sus lamidos y sus ronroneos reconfortan y restauran mi “yo”.

Cansados llegamos a casa. Me siento delante de la puerta y el olor del jazmín hace que despierte mi sensibilidad.
¡Pese a todo ha llegado la primavera!

Y es completamente cierto, la primavera ha llegado, el cuco empezó a cantar en los bosques, las retamas florecieron, los frutales asoman su deseo de creación. Todo es vida.

Pensando y pensando delante de mi puerta veo pasar las nubes. Prefiero no pensar, prefiero respirar el aroma de la primavera, es como un balneario, en este caso en vez de agua es un baño de aromas.

Por estos resortes mentales, que solamente los sabios conocen, me llega la imagen de mi amigo Rogelio.

A Rogelio, lo conocí hace la friolera de 37 años. Era mi primer destino laboral, viví con el él sabor de la aldea. Conocí el amor que una persona puede dispensar a un canario, y a sus semejantes.

Rogelio era un hombre bueno, regentaba una de las dos farmacias del pueblo, gracias a su bondad, el que no tenía para pagar las medicinas que le recetaba el médico, contaba con Rogelio, nunca se le urgía el pago.

Siempre estaba dispuesto a ayudar:

Un día, estaba solo en la oficina, era feria, tenía el patio de operaciones absolutamente lleno, estaba esperando a un compañero que me iba a ayudar en esa jornada, abrí la caja fuerte, retiré el dinero que creía necesario para el pago de pensiones, con las prisas, al cerrar la caja, mi dedo índice queda aprisionado entre las dos hojas de la “Pibernat”.

El dolor fue tan intenso que no lo noté. Perdí el conocimiento.

Alguien llama a Rogelio.

Rogelio deja su Farmacia y viene a ver qué pasa alarmado por los gritos.

Toma conciencia del asunto, entre él y dos personas más, me introducen en el “600” de Rogelio (de color verde), advierte a los clientes que no toquen nada, y me lleva al médico.

En la consulta del médico voy recobrando el conocimiento y el ánimo, me mira el dedo, por extraño que parezca, no tengo más que magulladuras simples.

Me hace una cura, Rogelio me devuelve al trabajo.

Los dos nos incorporamos a nuestras labores, yo pedí un refuerzo, que vino de una sucursal cercana, Rogelio se puso a despachar sus medicinas, y es de destacar que nadie se quejó de la situación.

-Era el siglo pasado.
-A lo mejor éramos de otra manera.

martes, 2 de abril de 2013

El día que salí de casa a matar indios


E

ra un día de invierno, ya casi primavera, la humedad del aire estaba tratando de luchar con unos pocos rayos de sol.

La primavera iniciaba una pequeña escaramuza, tratando de doblegar el invierno, que se resistía con todos sus medios a marchar.

El día no era caluroso, tampoco frío; tampoco era un día húmedo, pero no era seco.

¡Hoy podré salir a la calle!

Pido permiso para salir, cojo mis pistolas, mi sombrero de vaquero, mi insignia de “sheriff” y me dispongo a bajar las escaleras de casa.

Es muy posible que en la calle me encuentre con algún indio y podré entablar una lucha de igual a igual.

Al llegar al portal, me doy cuenta.

¡No hay indios!

Solamente me encuentro con los puestos de fruta que se instalan todos los días, solo mujeres que compran y venden, solo frutas y verduras.

¡Qué desilusión!

Allá al final de la calle, junto a las escaleras de Santa Lucía, veo que hay un corro de niños con algunos mayores que miran para una señora en el centro de la plaza.

¡La tentación!

Me acerco y quedo maravillado:

Es una “charlatana” que trata de vender un ungüento.

Ella asegura que es de “grasa serpiente”. Para demostrarlo, tiene entre sus manos dos “boas” que se mueven, que entran y salen de una maleta apoyada en el suelo.

¡Yo no tengo miedo! ¡Tengo mis pistolas!

La mujer trata de convencer a todo el mundo de las excelencias del producto. Lo cierto es que a mí nada me importa, porque, ¿para qué rayos puede valer un ungüento?

La “charlatana” hacía bien su trabajo, y poco a poco iba vendiendo algo.

De vez en cuando soltaba la consabida frase para espantar a la audiencia infantil:

-¡Niño! ¡Aparta que me estropeas la mercancía!

Lo cierto es que poco conseguía con ese esfuerzo. Solo el hambre hacía que los niños nos fuéramos marchando.

Yo continuaba vigilando las serpientes y no les quitaba el ojo de encima:

¡Como se atrevan a acercarse, les disparo!

El tiempo pasa, pasa, pasa…

La mujer no para de hablar, cada vez hay menos gente.

De pronto noto un dolor en mi trasero. Una mano marca sus cinco dedos en mis nalgas, protegidas, eso sí, con un pantalón corto.

¡No me dio tiempo a desenfundar!

Siento detrás de mí la voz de mi madre:

-¡No te tengo dicho que no cruces la calle!

(Yo ya estaba llorando)