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domingo, 15 de diciembre de 2013

El Republicano al que visitó el Rey

E
n los años cincuenta, en España, reinaba lo que se dio en llamar el Nacional-Catolicismo. En mi familia no era menos. En mi casa imperaba la cultura Católica, Apostólica y Romana de la que se jactaba la Curia dominante en este país.

Dicho lo cual, es fácil de entender cuál era el ambiente ciudadano en la Navidad.

Para un niño como yo, nacido en 1951, era un período de ilusión, de alegría, de fiesta. Daba la impresión que la Navidad estaba hecha para los niños:

Ir a comprar los turrones, las visitas a la familia, tanto cercana como lejana, los abrazos, la copa de más de los mayores, las comidas especiales, y especialmente abundantes, dulces, el champán (que en aquel entonces se podía llamar champán, lo del cava vino después), y sobre todo el ambiente de vacación y juego que hacía que los niños pequeños, nos juntásemos con los mayores del barrio, y con la boca abierta, escuchábamos sus aventuras.

Lo más importante, sin duda alguna, era la noche de “Reyes”. El cinco de enero era un día maldito, nadie vivía, la angustia era tremenda, nunca llegaba la noche.

Nos preguntábamos nerviosísimos: ¿Qué me traerán los Reyes?

No recuerdo bien, pero podría ser el año 1956 o 1957, estaba en ese fatídico día cinco de enero, esperando la muerte del sol, la cena temprana, el rebelde sueño que se niega a venir…

Mi madre me recuerda:

-¡No se te ocurra despertarte, porque si los Reyes te ven despierto, se llevan los regalos!

Por fin, la cama, las piernas se rebelan, es imposible relajarse… pero poco a poco, el sueño me va venciendo, caigo en un sueño liviano, inquieto, con la mente interesada en la vigilia.

Despierto varias veces, siempre la misma oscuridad, siempre el mismo silencio, mis padres duermen.

Tengo orden de no levantarme hasta que me avisen ellos, pero como todos los años, acabo siempre por ser yo, el que acude a su cama a preguntar si se puede ir a mirar lo que me dejaron los Reyes.

Solo que este día, y puede que fuese por haber crecido un año más, me creía muy valiente.

Me levanto a oscuras, despacito, muy despacito, descalzo para no hacer ruido, y por si acaso bien arrimado a la pared del pasillo, no vaya a ser que alguien me vea, me aventuro hacia el comedor.

Tradicionalmente, era en esta sala donde aparecían todas las mañanas del día seis de enero los regalos. La puerta tenía una cristalera, de unos cristales rugosos que dejaban pasar la luz, pero no se percibía lo que estada dentro de la habitación.

Yo sabía de sobra que antes de acostarme había dejado al pie de la mesa del comedor, los zapatos bien limpios, el agua para los camellos, y la copa de vino dulce para los Reyes.

La puerta abría con dificultad, siempre estaba atascada, entre otras razones, porque como en todas las casas, el comedor principal, no se utilizaba más que para la Navidad o fiestas muy especiales (que no las había). Traté de abrir, pero chirriaba la madera, la puerta rozaba con el piso, y había que empujar con fuerza para que se moviese la hoja.

-¡Qué angustia! ¡Espero que no se despierten papá y mamá!

Mis pensamientos estaban en ellos, ya que por el silencio del interior de la habitación y la falta de luz, me hacía suponer que estaba vacía, era evidente que los Reyes Magos, o ya se habían marchado o no llegaron.

Por fin, tras mucho esfuerzo conseguí que la puerta cediese, entro a oscuras, con la poca luz que podía filtrar la noche a través de las contraventanas cerradas, pero que ajustaban mal, observo algo que hace estallar mi corazón:

En una esquina de la mesa, una cabeza, grande, calva, se percibía. La cabeza estaba inmóvil, indiferente, sentí que me miraba…

El miedo se hizo cargo de todo mi cuerpo.

-Es el Rey Melchor… seguro que se va sin dejarme nada.

Con este pensamiento, me di cuenta que mis pies, sin yo ordenárselo, me llevaban corriendo hacia mi habitación.

Solo sentí que me había metido otra vez en la cama, me había tapado con las mantas por encima de la cabeza, el pánico me hacía temblar, tiritaba, me puse boca abajo, porque sentí que estaba empezando a llorar, no quería que me oyeran.

Lloré y lloré, temblé de miedo, hasta que agotado, el sueño se hizo cargo de mí.
Al amanecer, siento que mis padres entran en la habitación:

-¡Arriba, que ya vinieron los Reyes!

La luz de día, la presencia de mis padres y el descanso, fueron los responsables de que el susto recibido se diluyese en el pasado.

Corro al comedor, la puerta estaba abierta de par en par, las contraventanas separadas, la luz era clara en el amanecer de una mañana soleada, tal y como tienen que ser todas las mañanas del seis de enero.

Un montón de juguetes:

-¡Un tren eléctrico! ¡Un fuerte de vaqueros!

En la esquina de la mesa, justo donde vi al Rey Melchor, pude comprobar que me habían dejado una preciosa “Bola del Mundo”.

-¡Que suerte tuve! ¡Tanto corrí que los Reyes no me llegaron a ver!

Más adelante, cuando fui cumpliendo años me di cuenta que la cabeza que vi, tenía que ser la bola del mundo.

Hoy con casi 63 años, “republicano” convencido, y “ateo” confeso, quiero creer que aquel día estuvo en mi casa “El Rey Melchor”.




Esta historia se la quiero dedicar a mi amiga Rosalía, que me hizo pasar hoy una tarde deliciosa, y gracias a ella vuelvo a creer en la imaginación infantil.