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martes, 8 de agosto de 2017

El Sifón y la Gaseosa

Mi tía Pacucha y mi tío Daniel, junto con mis primos Marisa y Daniel, vivían en Coruña, en la Calle de San Juan.

Mi primo Daniel y yo éramos casi de la misma edad, y por el hecho de no tener hermanos has cumplidos los siete años, fue Daniel, para mí, el hermano de la infancia. Como todos los niños, jugamos, nos divertimos, nos peleamos…; pero lo importante es que juntos crecimos, y juntos abrimos las puertas de la vida.

Nuestros veranos de Coruña, como casi todos los niños de la ciudad, estaban relacionados con el mar, con la playa, playa y playa; desayunábamos playa, comíamos playa, cenábamos playa, y si me apuran dormíamos soñando con la playa.

Nuestras tareas diarias se resumían en Playa de San Amaro, Club del Mar, bicicleta, por la tarde caza de pájaros con escopeta de balines en los Pelamios, …

Hoy, bien pasados los 60 años, estando en un bar, pude ver algo que hacía mucho tiempo no pasaba por delante de mis ojos, y que me recordó olvidadas travesuras de niños con imaginación, y que para vivir buscábamos experiencias, que muchas veces constituían verdaderas trastadas.

El hecho a que me voy a referir se produce en la nevera de mi tía Pacucha. Cuando me refiero a la “nevera”, que el lector no piense en ese armario que tenemos en casa, provisto de un motor, y cargado de no sé qué gas, y que produce el frio necesario para la conservación de los alimentos. La “nevera” de mi tía no disponía te tanta tecnología, estamos en los años cincuenta, y una casa de tipo medio en España, no disponía de tales artilugios.

La “nevera”, le llamábamos en casa a una pequeña habitación interior provista de un pequeño ventanuco, cargada de humedad, y donde se pasaba un frio espantoso, incluido en el verano.
Entiéndase también que en aquella época prácticamente no disponíamos de ningún dispositivo de calefacción para el hogar, salvo la cocina.

En aquella habitación, llamada “nevera”, se guardaban los chorizos, salchichones, lacones, cacheiras, patatas, y demás productos que traían mis tíos de la aldea.

Lo que hoy he visto en un bar de Vilanova de Arousa, tiene relación con lo que guardábamos en la “nevera”, se trata ni más ni menos que de un auténtico “Sifón”, que parece que vuelven a fabricar y en su modelo primitivo, de grueso vidrio y con su camisa de protección, en este caso plástica.

Pues sí, en la “nevera”, también se guardaban sifones y gaseosas.

Los sifones eran los de antes, con mecanismo metálico, y sin protección, ya que cuando se ponían en la mesa se cubrían con unas fundas metálicas de quita y pon.

Las gaseosas estaban provistas de un sistema metálico de cierre a presión con un precinto de papel que lo recubría.

En ambos casos, los envases eran retornables, y además caros, por lo que nos cuidábamos mucho de no romperlos.

El refugio de mi primo y mío, era la “nevera”, allí nos escondíamos de la mirada de mi tía, y tramábamos nuestros planes:
Con mucho silencio, cuidando que no nos oyeran, abríamos una gaseosa, y a morro, y por turnos, íbamos bebiendo y bebiendo, hasta terminarla, quedábamos “ENGUACHINADOS”, que viene a ser algo así (supongo), como los que se ponen a oler pegamento, pero en plan años cincuenta.

Por supuesto, que quedábamos hechos polvo, con tanto líquido, y tanto gas.

Con el sifón teníamos otro juego, hay que reconocer que el ácido carbónico, aun siendo agradable por sus burbujas, resultaba más duro que la gaseosa.

Lo que hacíamos era colocar la boca en el pitorro de salida del líquido y apretar la válvula de salida, con lo que se produce dentro de la boca como una explosión de burbujas, que incluso llegaba a salir disparada por la nariz.

Todo esto era muy divertido, salvo que se diera cuenta mi tía, que en cuyo caso nos quedaban dos opciones: escapar corriendo escaleras abajo (un cuarto piso), saltando de tramo en tramo, e irnos para la calle a esperar que se le pasase el enfado, o bien recibir estoicamente la conocida zapatilla de mi tía Pacucha, que tantas y tantas veces se acercó a nuestras posaderas.


Mi querida tía, hoy estaría en la cárcel cumpliendo condena por causa de “Un Sifón y Una Gaseosa”

sábado, 25 de febrero de 2017

Las pilas del Tiovivo

S
oy abuelo.


Ya va para tres años, de un niño, de nombre Leo, lo veo casi todos los días, me encargo de levantarlo, vestirlo, lavarlo, darle el desayuno, y por último llevarlo a la guardería.

Todas estas operaciones llevan aparejadas otras adicionales, juegos, lectura de cuentos, buena conversación, etc.

Este jueves fue para mí un día especial, y para que se entienda quisiera remontarme un par de años antes.

Mi buena amiga Pepa, que está coladita por el niño, en uno de sus varios regalos le envió un precioso tiovivo de colores, con cuatro caballitos que giran en su peana al son de la música, sólo hay que darle cuerda para que suene y gire.

Todos los días tomaba el desayuno en presencia de los caballitos moviéndose, con los que imaginativamente compartía las cucharadas de comida.

El miércoles pasado, jugando, el tiovivo cayó al suelo, y los caballitos se doblaron con el golpe, Leo en su inocencia trató de enderezarlos, con lo que se quedó con los caballitos en la mano, al romperse definitivamente las varillas que los sujetaban a la peana.

Al día siguiente, y con tristeza, me informó de lo sucedido y a la vez con tierna súplica me dice:

-   ¡Abuelo! ¿Me lo arreglas?
-   Leo, no puedo, porque está rota la madera.

Desde luego, estoy seguro, que no entendió bien el argumento, porque su cara denotó su perplejidad.
Entonces con una mirada, de esas que se acercan despacito al corazón, me dice suavemente:

-   ¡Abuelo, entonces cómprale pilas!

Siento inmediatamente dos gotas de agua que oscurecen mi vista.


Nada pude responder, sólo pude ofrecerle un beso y un abrazo, que se disolvieron en un río de ternura.