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miércoles, 30 de abril de 2014

Una noche de luna llena

E
s primavera, hace calor, las noches son casi de verano, animan a salir al fresco.

Hoy contaré algo que me sucedió… o acaso no… ya no estoy seguro.

Hace unas noches me encontraba intranquilo en la cama, la luz de la luna llena entraba por todas las rendijas animando a la actividad, las piernas no me dejaban tranquilo queriéndose mover de un lado para otro. Para no molestar, me levanté, deambulé por la casa, tratando de no hacer ruido, agitado, me vestí y salí a pasear.

Caminé, caminé sin rumbo, no sé cuándo, recibo un WhatsApp de mi hija que habla de mi nieto:

“Leo no para, no duerme, está inquieto, llora y llora, no hay forma de calmarlo”.

Respondo inmediatamente, y con ganas:

“Prepáralo que lo saco a la calle, porque yo tampoco puedo dormir, de esta manera a ver si por lo menos tú puedes descansar”.

Me acerco a su casa dispuesto a enseñarle a mi nieto “Vilagarcía la nuit”.

La luna está enorme, la noche se ilumina como si fuera mediodía, la calle está atestada de gente.

Salgo de casa de mi hija con el cochecito, la temperatura es agradable, caminamos al lado del mar, las olas van rompiendo a nuestro lado con un ruido relajante, tengo la esperanza de que Leo se duerma para devolverlo, pero imposible, ojos abierto casi por encima de las cejas, conversa consigo amenamente: bú-bú, bú-bá…

Andando, andando, pasamos Carril, el niño no duerme, llegamos a la playa de Bamio, al lado del Camping encuentro a tres figuras negras, tres mujeres muy mayores vestidas de negro integral, con sus pañoletas negras, sus faldas negras, una trenza negra caía por sus espaldas y llegaba por debajo de la cintura, estaban sentadas en el pretil del puente, y …:

-Buenas noches.

-Buenas.

-¿Me hacen el favor de echar un vistazo al niño mientras voy un momento detrás de esas matas? Ya saben ustedes que a esta edad… la próstata…

-¡Vaya, vaya, no se preocupe!

Me aparté un minuto, y cuando vuelvo siento unas carcajadas, unas risas que me produjeron una sensación inquietante.

Las tres viejas se encontraban alrededor del cochecito y me impedían ver al niño.

-Muchas gracias, ya estoy listo.

Nada más decir esto, riéndose a carcajadas y sin decir palabra desaparecen corriendo a una velocidad tal, que no estaba siquiera al alcance de una atleta joven.

En principio no le di mucha importancia, camine un poco más y vi en la playa a dos amigos que tienen por costumbre pasar temporadas en el Camping.

-¡Qué sorpresa! ¿Tampoco podéis dormir?

-Claro, hoy es luna llena. ¿Cómo se te ocurre traer hoy el niño por aquí?

-¿Por qué me lo dices?

-¿Es que no sabes que en las noches de luna llena al lado del cementerio de Bamio, te pueden echar al niño un “aire de muerto”?

-¡Pero vamos! ¿Vosotros creéis en esas cosas?

-Ándate con cuidado, siempre se dijo por aquí, que las brujas que viven en el cementerio buscan niños pequeños que estén solos y los convierten en:

“niños-lamprea”

-No me cuentes fantasías.

-Que no son fantasías, que a este niño le dio mucho la luna, y que no le va a hacer bien.

Me paro a mirar, y veo efectivamente, que Leo sigue despierto, a mi parecer la cara se le oscureció, le miro la boca y observo que le está saliendo una fila de dientes diminutos, afilados, curvados hacia dentro.

-Pero, ¿Qué está pasando?

-¡Está claro, se está convirtiendo en niño-lamprea!

-¿Qué puedo hacer?, pregunto angustiado.

-Ven, vamos a preguntar al sacristán de Bamio, que él seguro que sabe lo que se pude hacer.

Nos acercamos a su casa, y pese la hora intempestiva llamamos a la puerta.

-¿Qué me traéis aquí?

-Creemos que es un “niño-lamprea”, nos parece que lo acaban de convertir tres viejas, que estuvieron un momento a solas con Leo.

-Dejadme ver, creo que sí, fijaos en este saquito que colocaron dentro del coche del bebé.

-Es cierto, ese saquito no lo traía, dije yo, mirando una pequeña bolsita que sacó el sacristán, y que era como esas bolsas que se colocan con hierbas aromáticas para perfumar los armarios.

-Pues la cosa está complicada, ya que antes teníamos en Catoira una persona que curaba, pero murió hace años, y ahora que nadie cree en estas cosas, no nos preocupamos de trasmitir la sabiduría a las futuras generaciones.

-Creo que en este momento, lo mejor que puedes hacer es llevarlo rápidamente al Hospital del Salnés. Date cuenta que en el momento que quiera comer y se acerque a la teta materna, se va a pegar con sus dientes y no la va a soltar jamás, causando seguramente la muerte de la madre.

Con este panorama, ya sin angustia, esta vez temblando de miedo real, pido a mis amigos que me acerquen al Hospital, y salimos a toda prisa.

Entramos en urgencias, casi no había gente, eran las tres de la mañana, nos recibió una enfermera, y me preguntó:

-¿Qué tiene el niño?

Yo le contesto con un poco de miedo:

-Se está convirtiendo en “niño-lamprea”.

La mujer no puede con la respuesta y expulsa una sonora carcajada.

Enseguida le corto:

-Oiga, que esto es una cosa muy seria.

Creo que no me hizo mucho caso porque nos mandó a la sala de espera.

Yo les digo a mis amigos:

-Podéis marcharos, no tenéis por que quedaros, el favor ya me lo habéis hecho.

-Vale, entonces nos vamos, que mañana hay que trabajar. Esperamos que se solucione.

Pasa el tiempo, la espera es interminable, el niño tiene hambre, el llanto es terriblemente angustioso, esperamos.

Por fin nos recibe un médico, le cuento y lo mira.

Leo, de un salto se abalanza y muerde en el antebrazo al médico que lo atiende.

Instintivamente le da un manotazo que le obliga a soltar el brazo mordido. Veo que con el golpe, dos de sus pequeños dientes le saltan al suelo, e inmediatamente otros tres dientecillos van a ocupar su lugar.

El doctor, asustado, llama a sus asistentes, aparecen dos enfermeros y otra médica de guardia.

El médico grita compulsivamente, y llama a las fuerzas de seguridad, apareciendo casi inmediatamente dos guardias-jurados.

Su ira desatada, mezclada con el miedo a lo desconocido, hace que emita una orden que me pone los pelos de punta:

-¡Cojan una jaula, y metan a ese niño dentro!

Mis entrañas se rebelaron al escuchar semejante panorama, y mi cabeza reaccionó como una flecha disparada por un arco.

Sin mediar palabra, cojo a mi niño, y echo a correr por los pasillos del Hospital.

-¡A mi nieto, no lo enjaula nadie!

No sé cómo, salgo por la lavandería, corro a la calle, y con el fresco de la noche parece que recobro fuerzas.

-¿Qué hago? ¿A dónde voy?

Me paro a pensar y veo que no sé qué hacer. Se me ocurre buscar refugio en mi casa y después pensar.
Empiezo a correr. Corro por los caminos de las aldeas, esquivando la carretera general, pues pienso que lo primero que van a hacer, es mandar un coche a mi búsqueda, y por el camino más fácil. Me adentro en Rubianes, Zamar, Cornazo, Santa Mariña… los perros de las casas aúllan a mi paso, como presintiendo el problema, corro, me ahogo, no puedo más, me caigo, todo me da vueltas…

Siento un estruendo, un ruido terrible, me incorporo, todo está oscuro, sudo, ¡no veo a Leo!, ¡es el despertador lo que suena!, veo a mi alrededor los muebles conocidos de mi habitación.

¿Qué ha pasado?

Son las seis y media, me levanto, voy a la ducha, ¡que angustia!

Desayuno algo, y marcho a casa de mi hija, estoy llegando, mando un WhatsApp, ¿estás despierta?

-Sí.

-¿Te importa que suba a ver a Leo?

-Está durmiendo, pero vente si quieres…

Subo, entro en casa, angustia, ¿Dónde está?

-Mira.

¡Lo veo, una preciosa cara blanca, unos labios finos con una boca de mamoncillo sin sombra de dientes!

Lo toco, un beso, un abrazo, el olor de niño pequeño, el cariño…

¡Mar, dame un vaso de agua!

Me siento, bebo, y espero.

¿Qué habrá pasado?

Yo creo que fue real, pero… ¿a quién se lo podré contar?

Alguno de vosotros va a creer en la existencia de:


“Los niños-lamprea”