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sábado, 23 de marzo de 2013

¡Mamá! ¿Me dejas ir al cine?


M

añana en el cine Doré ponen una película del oeste, y además en color.

Ya hace un montón de años, estamos a finales de los años 50, tengo 8 o 10 años, tengo amigos de la calle y de la escuela, amigos curtidos en la lucha, compañeros en las peleas a pedradas con los de la calle del Pozo (que desde luego eran mucho más cobardes que nosotros).

Un domingo de invierno, de frío y lluvia, imposible jugar en la calle, si nos ponemos a jugar en un portal nos van e echar porque lo ponemos perdido con el agua.

Un domingo de invierno, de frío y lluvia, no hay nada que hacer. Sin embargo, la mañana está ocupada, hay que ir a misa y al catecismo, pero a las 11 estamos listos.

A Javier se le ocurre una idea: ¡vamos a ver las carteleras al Cine Doré!
¡Cielos! Ponen una de John Wayne, y en color. Ni que decir tiene que extasiados por la sorpresa, todos quedamos mudos, inmóviles, un escalofrío nos recorre el cuerpo.

¡Tenemos que conseguir que nos dejen ir al cine esta tarde!

La consigna clara estaba asumida por todos: ¡Ánimo! ¡Lo conseguiremos!

-Mamá: ¿me dejas ir al cine esta tarde?, echan una de John Wayne, ¡anda déjame!
-A ver ¿cuánto vale?
-Solo 1,25, es la sesión infantil.
-Bueno, vale.
-Gracias mamá. Tienes que darme la comida pronto, que tenemos que estar en la taquilla a las dos y media.
-¿Pero no empieza a las cuatro?
-Sí, pero hay que estar temprano para coger las entradas, que se acaban rápido, y además luego hay que ponerse en la cola para entrar, porque en la infantil no están numeradas y queremos ponernos en primera fila.
-No os pongáis en primera fila que es malísimo para la vista.
-¡Mamá es que si no, no ves nada!
-¿Cómo que no ves nada? Que yo no me entere que vais a primera fila.
-Bhoooo siempre lo mismo. Es que van los demás.
-Pues si van los demás, ¡tú no!
-¡Vale, jobar!
-¡Mamá, la comida, que me tengo que ir!
-Pero es muy temprano, si es la una.
-¡Mamá, que me están esperando!
-…A ver… siéntate…
-Mi mamá debía ser algo idiota: ¿Cómo se va a sentar alguien a comer cuanto va a ver una película de John Wayne? ¡Desde luego, estas madres no entienden nada!
-¡Mamá, me piro…!
-¡Dame un beso!
-¡A la vuelta, mama!
-¿Cogiste el dinero? ¡Cuidado con los coches!
-Adiós mama.
La pandilla está en la calle, esperamos por Jaimito, que es el más retrasado porque lo peinan mucho.
¡Corriendo al cine!
Cuando llegamos, la cola nos parece interminable, ¿Cómo es posible?
Javier, que es el mayor, nos dice que a muchos niños sus madres les traen la comida a la cola.
¡Jo, eso no vale!

Afortunadamente conseguimos entradas; inmediatamente hay que colocarse en la fila, la puerta no está abierta por el momento. Acaba de llegar el portero y ya se colocó su traje gris claro con sus preciosos botones dorados hasta el cuello.

Tiene una tarea imposible: poner paz al hall del cine y tratar que cuando se abra la puerta la avalancha pueda ser contenida.

El portero utiliza todos sus recursos: consejos, amenazas, insultos, chillidos, alguna bofetada… en fin, de todo.

La puerta se abre, la tensión es máxima, los ojos se salen de las órbitas, las piernas son independientes de la mente, corremos, damos patadas, empujamos, hay que entrar o morir.

Todos a una, formamos un ariete, y en perfecta formación de ataque, avanzamos, lo conseguimos.

Cogemos sitio en la tercera fila, por desgracia las primeras están ocupadas por los enchufados amigos del portero que entran por la puerta falsa.

El ambiente es indescriptible, antes de la función ya la estamos viviendo: muerte a los indios (si los hubiera), muerte a los cuatreros (según el caso).

Comienza la proyección, gritos, aplausos cuando aparece John Wayne.

Acto seguido, las consabidas bromas:

¡Acomodador: acomódame este huevo!

¡Acomodador: este niño se cagó!

Etc.

Pero lo mejor, la emoción, las pistolas, la persecución del malo, el rescate de la chica.

Y sobre todo, la salida:

Se abren las puertas de par en par, se encienden las luces…y salimos todos ¡cabalgando!, cabalgando por la calle, cada uno de nosotros es John Wayne, cada uno de nosotros cabalgamos con dirección a casa persiguiendo al malo, cada uno de nosotros somos maravillosos.

¡Gracias mamá por dejarme ir al cine!

Mamá, te lo dedico a tu recuerdo
El pasado 20 fue el aniversario de tu muerte

martes, 12 de marzo de 2013

¡Uno Nuevo en la Familia!


¡Tengo que dar un grito a los cuatro vientos!
¡Que mi grito lo escuchen todos!
¡Que se oiga por doquier!
¡Tengo una muy querida sobrina preñada!

Este tiempo de desdichas y sobresaltos, de grandes angustias y desazones, de tristezas y penas, se eclipsa, con la llegada por el noroeste de un enorme “iceberg”, de dicha y alegría.

El alba de la nueva era trae un nuevo ser al mundo, con él tiene que venir la esperanza, el fruto de los deseos tan anhelados. ¡Tiene que ser una máquina!

No existe en el mundo nada tan bonito como un niño deseado.

Éste será muy especial, será deseado, no solo por dos personas, lo deseamos muchos, muchos, muchos.

Quisiera ser el primero en darle la bienvenida, con todo mi corazón.

Perdona, no quise decir eso, quiero algo más, te doy la bienvenida con todo mi cerebro.

Recibe mi primer beso antes de nacer, con la esperanza de que te quede este recuerdo el esa memoria extraña anterior al conocimiento.


domingo, 10 de marzo de 2013

Las Hojas Muertas de la Juventud


H
ace años vi caer a mis pies ese montón de hojas que se llama Juventud, tuve en ese momento miedo a pisarlas, quizá por no saber lo que había debajo, quizá por la incertidumbre que produce lo desconocido.

El caso es que en el tránsito de todas las etapas de la vida lo que más cuesta es aceptarlas.

Ahora abandono la madurez y entro en la última etapa, la que llamamos vejez.

Todos los subterfugios que podamos utilizar para rodear el tema (que no “el problema”) son vanos e inútiles. El tiempo es implacable, no perdona, es por eso que lo mejor es asumir nuestra situación.

Tratar de explicar los sentimientos personales no es un acto que se pueda relacionar con la impudicia, ya que desvelar el sentir no es desnudarse, es algo más, es mostrar el interior.

Para estas cosas habría que ser un buen prosista, envido a Max Aub, Arturo Barea, y a tantos otros.

Por mi falta de habilidad, tengo que pedir perdón. Sin embargo hago frente al peligro y trataré de explicar mi situación:

Es como si viviese en un bosque. El monte participa de las mismas etapas que las personas. La juventud de la primavera da lugar a un verano maduro y a un otoño, tránsito hacia un final, que es el invierno.

Tenemos ahora en el invierno, un paisaje cubierto de árboles secos, sin savia, suelo alfombrado de hojas muertas, lluvia, frio, soledad, falta de vida, en una palabra: melancolía.

Es la melancolía el plato fuerte de la vejez, la dulce, la agradable melancolía.

Por la noche cuando me acuesto es cuando siento que con la manta, también me acoge ese pensamiento invernal, placentero, que proporciona el descanso, que quisiera que fuera duradero, eterno…

Pero llega el alba, y con el despertador y la luz, también las obligaciones, los compromisos, la gente que quieres…

Familia, amigos, colegas, ¿Cómo es posible abandonar?

Supongo que con la pérdida de actividad se perderán también deseos, relaciones, compromisos, y con ello se podrá alcanzar el final.

Estoy convencido: no va a ser fácil, queda tanto por hacer…

¡Tiempos difíciles para los viejos!