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viernes, 12 de abril de 2013

Rogelio


H

ay años en los que uno piensa que las estaciones no pasan, que la lluvia va a perdurar, que el invierno será eterno.

Si cuento lo que me está afectando mi entorno social, y no solo la meteorología podría decir:

El invierno es gélido, la escarcha de mi pelo baja a mi frente, a mi espíritu, el dolor de mis conciudadanos, coloca carámbanos helados que se constituyen en barrotes carcelarios en mi mente, impidiendo el descanso, el sueño plácido, la restauración del intelecto.

Hoy no fue un día grato, hoy fue un día de lucha, de pelea por un amigo. Todavía me cuesta escribir.

Pero…

Después de hacer todo lo que buenamente pude, me vine a casa, comí un trozo de queso y con mis amigas “Lola y Lila” me tiré al monte.

La humedad en los huesos, en las articulaciones, en el corazón, en la cabeza, en una palabra: “humedad en el alma”.

-Caminamos los tres.
-Caminamos…
-Caminamos…

El llanto del alma se diluye con el sudor del cuerpo.

Mis amigas con sus lamidos y sus ronroneos reconfortan y restauran mi “yo”.

Cansados llegamos a casa. Me siento delante de la puerta y el olor del jazmín hace que despierte mi sensibilidad.
¡Pese a todo ha llegado la primavera!

Y es completamente cierto, la primavera ha llegado, el cuco empezó a cantar en los bosques, las retamas florecieron, los frutales asoman su deseo de creación. Todo es vida.

Pensando y pensando delante de mi puerta veo pasar las nubes. Prefiero no pensar, prefiero respirar el aroma de la primavera, es como un balneario, en este caso en vez de agua es un baño de aromas.

Por estos resortes mentales, que solamente los sabios conocen, me llega la imagen de mi amigo Rogelio.

A Rogelio, lo conocí hace la friolera de 37 años. Era mi primer destino laboral, viví con el él sabor de la aldea. Conocí el amor que una persona puede dispensar a un canario, y a sus semejantes.

Rogelio era un hombre bueno, regentaba una de las dos farmacias del pueblo, gracias a su bondad, el que no tenía para pagar las medicinas que le recetaba el médico, contaba con Rogelio, nunca se le urgía el pago.

Siempre estaba dispuesto a ayudar:

Un día, estaba solo en la oficina, era feria, tenía el patio de operaciones absolutamente lleno, estaba esperando a un compañero que me iba a ayudar en esa jornada, abrí la caja fuerte, retiré el dinero que creía necesario para el pago de pensiones, con las prisas, al cerrar la caja, mi dedo índice queda aprisionado entre las dos hojas de la “Pibernat”.

El dolor fue tan intenso que no lo noté. Perdí el conocimiento.

Alguien llama a Rogelio.

Rogelio deja su Farmacia y viene a ver qué pasa alarmado por los gritos.

Toma conciencia del asunto, entre él y dos personas más, me introducen en el “600” de Rogelio (de color verde), advierte a los clientes que no toquen nada, y me lleva al médico.

En la consulta del médico voy recobrando el conocimiento y el ánimo, me mira el dedo, por extraño que parezca, no tengo más que magulladuras simples.

Me hace una cura, Rogelio me devuelve al trabajo.

Los dos nos incorporamos a nuestras labores, yo pedí un refuerzo, que vino de una sucursal cercana, Rogelio se puso a despachar sus medicinas, y es de destacar que nadie se quejó de la situación.

-Era el siglo pasado.
-A lo mejor éramos de otra manera.

martes, 2 de abril de 2013

El día que salí de casa a matar indios


E

ra un día de invierno, ya casi primavera, la humedad del aire estaba tratando de luchar con unos pocos rayos de sol.

La primavera iniciaba una pequeña escaramuza, tratando de doblegar el invierno, que se resistía con todos sus medios a marchar.

El día no era caluroso, tampoco frío; tampoco era un día húmedo, pero no era seco.

¡Hoy podré salir a la calle!

Pido permiso para salir, cojo mis pistolas, mi sombrero de vaquero, mi insignia de “sheriff” y me dispongo a bajar las escaleras de casa.

Es muy posible que en la calle me encuentre con algún indio y podré entablar una lucha de igual a igual.

Al llegar al portal, me doy cuenta.

¡No hay indios!

Solamente me encuentro con los puestos de fruta que se instalan todos los días, solo mujeres que compran y venden, solo frutas y verduras.

¡Qué desilusión!

Allá al final de la calle, junto a las escaleras de Santa Lucía, veo que hay un corro de niños con algunos mayores que miran para una señora en el centro de la plaza.

¡La tentación!

Me acerco y quedo maravillado:

Es una “charlatana” que trata de vender un ungüento.

Ella asegura que es de “grasa serpiente”. Para demostrarlo, tiene entre sus manos dos “boas” que se mueven, que entran y salen de una maleta apoyada en el suelo.

¡Yo no tengo miedo! ¡Tengo mis pistolas!

La mujer trata de convencer a todo el mundo de las excelencias del producto. Lo cierto es que a mí nada me importa, porque, ¿para qué rayos puede valer un ungüento?

La “charlatana” hacía bien su trabajo, y poco a poco iba vendiendo algo.

De vez en cuando soltaba la consabida frase para espantar a la audiencia infantil:

-¡Niño! ¡Aparta que me estropeas la mercancía!

Lo cierto es que poco conseguía con ese esfuerzo. Solo el hambre hacía que los niños nos fuéramos marchando.

Yo continuaba vigilando las serpientes y no les quitaba el ojo de encima:

¡Como se atrevan a acercarse, les disparo!

El tiempo pasa, pasa, pasa…

La mujer no para de hablar, cada vez hay menos gente.

De pronto noto un dolor en mi trasero. Una mano marca sus cinco dedos en mis nalgas, protegidas, eso sí, con un pantalón corto.

¡No me dio tiempo a desenfundar!

Siento detrás de mí la voz de mi madre:

-¡No te tengo dicho que no cruces la calle!

(Yo ya estaba llorando)