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martes, 2 de abril de 2013

El día que salí de casa a matar indios


E

ra un día de invierno, ya casi primavera, la humedad del aire estaba tratando de luchar con unos pocos rayos de sol.

La primavera iniciaba una pequeña escaramuza, tratando de doblegar el invierno, que se resistía con todos sus medios a marchar.

El día no era caluroso, tampoco frío; tampoco era un día húmedo, pero no era seco.

¡Hoy podré salir a la calle!

Pido permiso para salir, cojo mis pistolas, mi sombrero de vaquero, mi insignia de “sheriff” y me dispongo a bajar las escaleras de casa.

Es muy posible que en la calle me encuentre con algún indio y podré entablar una lucha de igual a igual.

Al llegar al portal, me doy cuenta.

¡No hay indios!

Solamente me encuentro con los puestos de fruta que se instalan todos los días, solo mujeres que compran y venden, solo frutas y verduras.

¡Qué desilusión!

Allá al final de la calle, junto a las escaleras de Santa Lucía, veo que hay un corro de niños con algunos mayores que miran para una señora en el centro de la plaza.

¡La tentación!

Me acerco y quedo maravillado:

Es una “charlatana” que trata de vender un ungüento.

Ella asegura que es de “grasa serpiente”. Para demostrarlo, tiene entre sus manos dos “boas” que se mueven, que entran y salen de una maleta apoyada en el suelo.

¡Yo no tengo miedo! ¡Tengo mis pistolas!

La mujer trata de convencer a todo el mundo de las excelencias del producto. Lo cierto es que a mí nada me importa, porque, ¿para qué rayos puede valer un ungüento?

La “charlatana” hacía bien su trabajo, y poco a poco iba vendiendo algo.

De vez en cuando soltaba la consabida frase para espantar a la audiencia infantil:

-¡Niño! ¡Aparta que me estropeas la mercancía!

Lo cierto es que poco conseguía con ese esfuerzo. Solo el hambre hacía que los niños nos fuéramos marchando.

Yo continuaba vigilando las serpientes y no les quitaba el ojo de encima:

¡Como se atrevan a acercarse, les disparo!

El tiempo pasa, pasa, pasa…

La mujer no para de hablar, cada vez hay menos gente.

De pronto noto un dolor en mi trasero. Una mano marca sus cinco dedos en mis nalgas, protegidas, eso sí, con un pantalón corto.

¡No me dio tiempo a desenfundar!

Siento detrás de mí la voz de mi madre:

-¡No te tengo dicho que no cruces la calle!

(Yo ya estaba llorando)

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