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martes, 10 de septiembre de 2013

Coser y Cantar

C


ae la tarde.

Hace un momento que llegué a casa después de un bonito paseo en bici, aunque con incidencia: pinchazo y reparación.

Una ducha, y una vez cambiado y después de dar de comer a mis perras, me siento delante de la puerta de la cocina, al aire libre, con la vista perdida en el paisaje de la huerta, una botella de agua fresca, unas cuartillas, y…

El sol está cayendo. Los colores del ambiente que me rodea, antes verde intenso, rojos de las flores, azules de las hortensias, ahora se difuminan, el dibujo se vuelve pastel.

No se mueve una hoja, temperatura agradable. La vida a mi alrededor está en calma.

En este momento sube a mi memoria, que esta misma placidez, la viví otrora, de niño, aunque no en la naturaleza, si no en un lugar más humilde; hablo de la casa de vecinos en donde nací.

Yo vivía en el tercer piso, de una casa de cuatro, por supuesto sin ascensor, ¿total para qué?, si la mayor parte de las veces subía y bajaba por el pasamanos.

Eran tiempos de verano, de vacaciones. Me levantaba por la mañana temprano, ya que antes de ir a la playa había muchas cosas que hacer: el desayuno, el tazón de leche con pan, y luego los deberes, el dictado: …”hallábase el aya durmiendo al niño en su cuna de haya…”; las cuentas, la multiplicación, la división por cuatro cifras… la prueba… ¡no me da!...

Por la ventana abierta del patio escucho una melodía:

¡Es el auténtico canto del Ama de Casa!

En el piso de arriba, “Gela”, soltera madurita, hija de viuda, cuidadora de su madre y su hermano también soltero (del que no se le conocía oficio), estaba haciendo la limpieza del hogar.

En aquellos tiempos, las mujeres de la casa, limpiaban y cantaban; algunas lo hacían muy bien, otras regular, y otras mal, pero todas cantaban.

Gela cantaba siempre la misma canción. A mí me trasportaba. La pieza estaba entonces de moda:

“India del Paraguay”


Es curioso, pero me consta que no se la sabía toda, solo entonaba dos o tres estrofas y las repetía, las repetía toda la mañana.

Yo lo prefería a la radio, también es verdad, que a esas horas, salvo que estuviese enfermo, no me dejaban ponerla.

Pero aquella mezcla de música acompasada con el ritmo que proporcionaba su actividad comunicaba un apacible sosiego que al oído me decía:

¡Nuestro mundo es pequeñito,nunca nos va a pasar nada estando en casa!¡Todo lo que pueda suceder está reducido a mi patio y mi escalera!

Por desgracia, vamos creciendo, nos vamos de nuestra escalera, vemos otros patios, en fin, que ocurren cosas.

Me hice mayor, las “Amas de Casa” dejaron de cantar, y los niños dejaron de oír ese vivo sonido producido por las mujeres, la tecnología y el desarrollo social les impidió sentir esas sensaciones.

Hoy los niños tienen mejores aparatos con los que se pueden escuchar buenas grabaciones, mejores sonidos (también peores); pero el sentimiento que trasmitía una señora enfaenada, demostrando su alegría, eso no lo recuperaremos.

El último vestigio de la canción del “Ama de Casa”, me lo contó un antiguo compañero de trabajo, hoy también jubilado:

Debe de hacer de esto unos quince años, en su edificio vivía una mujer encantadora y alegre, que mantenía esa antigua costumbre.

Pues bien, un vecino, meapilas malhumorado, presentó en una reunión de propietarios una queja sobre los cantos que nuestra “sirena” emitía en su laboreo.

Como no podía ser de otra manera, al agrio vecino, le calló una reprimenda por parte de la asamblea.

Ciertamente vamos perdiendo sensibilidad. ¿Qué será de nuestros niños sin los cantos de nuestras madres?

¡Rescatemos a nuestros Bardos y Bardas para amenizar nuestros hogares, nuestros barrios, nuestras escaleras!


1 comentario:

  1. No en todas partes, Paco, en Vista Alegre, 20 todavía hay quien canta, y muy bien, todo el día haciéndo sus tareas, es un verdadero placer.
    Mis vecinos también van servidos, aunque yo no le doy a la copla sino al bolero.

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