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martes, 13 de noviembre de 2012

Tengo que comprar un “Terno”


P
ara los jóvenes de hoy, podría esto sonar a chino, es por eso que me propongo desarrollar la idea con un poquito de calma. Perdonen, por tanto, si me extiendo.

Aquellas personas que rondan los 60 años sabrán perfectamente de lo que hablo, y estoy seguro que si rebuscan en su memoria, alguna experiencia similar, con sus imágenes, saldrá de la oscuridad del tiempo.

Comprar un traje en los años 50 y 60 del siglo pasado, podría ser cualquier cosa, menos una tarea fácil. A mí como infante, me parecía aburridísimo, una auténtica pesadez.

Primero hay que explicar, que no todo el mundo podía comprarlo, ya que no estaba al alcance de cualquier fortuna, aunque de hecho, un hombre era el único vestuario del que podría disponer:
·         Traje de diario de invierno.
·         Traje de domingo y fiestas, de invierno.
·         Traje de diario de verano.
·         Traje de domingo y fiestas, de verano.

Esto sería el armario de un señor con posibles, es decir, de clase acomodada. Un traje se hacía siempre a medida, y su función era durar años, años y años…

Pues bien, cuando después de muchos usos y reparaciones, se hacía imprescindible comprar otro, empezaba la “gran aventura”.

Lo primero, la tela:

La señora de la casa, nunca el marido, se decidía por pasar una tarde de tiendas, y junto con una hermana o alguna amiga, y rodeada de los niños (siempre a pesar de ellos), se encaminaba a una tienda de tejidos, dispuesta a enfrentarse con el mundo de los colores.

Una vez en la tienda, lo normal es que el dependiente ofreciera una silla a las señoras, para que se lo tomaran con calma.

El dependiente era un señor caracterizado por su paciencia infinita, y que a su fallecimiento debería ser elevado a los altares por cuestión de aguante psicológico-laboral.

Una vez sentadas, el profesional comienza a desarrollar sus habilidades, se inicia con el sube y baja de las piezas de tela, que eran unas bobinas enormes de paño, enrollado sobre un tubo de cartón.

Transcribo:

-¿Qué color desean ver?:
(Solo hay opción de negro, gris, azul, o marrón, ya que a un hombre no se le permitiría otra paleta de colores, aunque podría haber variaciones tonales).

-¿De lana?
-Fíjese esta tela, mire que brillo:
-No, pero no quiero con brillo, que con el sol se desluce.
-Esta imposible, es de lana inglesa. ¡Toque el paño!
-No, con brillo, no, que se hace muy ordinaria.
-Pues le voy a enseñar otra cosa, que verá como le gusta.

¡Siempre era mentira!, nunca gustaba en las primeras dos horas.

Una vez que teníamos seleccionadas, cuatro o cinco piezas, comenzada la odisea de la luz:

El dependiente con la pieza en ristre, cual diosa Ceres, se llevaba la tela y las clientas a la puerta para mirar el efecto de la luz de día.

Es en este momento cuando yo, de niño, ya no aguantaba más, y pedía a los hados que el dependiente se volviera loco, y atizara con la pieza de género en la cabeza a las clientas, iniciando lo que mas tarde se llamaría “violencia de género” (es muy posible que ese terrible término provenga de estas situaciones). La calle me atraía cual imán al hierro dulce.

Pero, por desgracia hay que volver adentro:

-¿Cuánto necesita?
-Pues, no se, como también quiero hacerle chaleco…
-No se preocupe señora, que esta tela es de doble ancho, y seguro que le da.

El niño, o los niños, están que se mean.

-¿Mamá, nos vamos?
-Ahora, hijo, ahora.

Otra mentira:

Hay que escoger, las guatas, las entretelas y el forro.

-Deme un trocito de muestra para comprar los botones.

El santo vendedor, después de miles de parabienes, sonrisas, críticas de amigas comunes, etc. se despide y cobra.

Segundo capítulo: los botones.

Para entrar en una tienda especializada en botones, había que esperar una cola larguísima, y pese a que normalmente había un montón de dependientas (en este caso femeninas), era imposible.

La elección era complicadísima, combinar el color del traje con los botones, los grandes, para la chaqueta, y los pequeños para los puños y pretina. Se comparaba con el trocito de tela que el dependiente se sirvió regalar para este menester.

Tercer capítulo: la hechura.

Esta es la única operación que se hace con el interesado delante, aunque normalmente sin mucha opinión sobre el asunto.

Pasa la operación a manos del sastre (my tailor is rich):

-¿Usted de donde carga?

Primera de las preguntas, que al neófito en el ritual le resultaría incomprensible:

Traducción: ¿en que lado del pantalón coloca usted sus partes púdicas?

-¿Cómo le gusta?, cruzado, recto, con dos o tres botones, con botones en los puños… ¿y cómo las solapas?........

A todas estas preguntas, la señora siempre tenía una respuesta ágil acompañada de su justificación:

-¡No, cruzada no que le hace más grueso!....

Por fin está decidida la hechura, no queda más que sufrir las dos pruebas reglamentarias, ¡y listo!

¡Ah! ¡El estreno!

Para ello tendremos que buscar el momento y día adecuado:

Boda, bautizo, primera comunión, en los casos más tradicionales: Domingo de Ramos (el que no estrena en Ramos, no tiene manos).

Como se puede deducir, hay serias diferencias entre esto, y comprar una prenda en el mercado o en unos grandes almacenes.

…la vida, ¡como cambia!

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